lunes, 24 de noviembre de 2014

MARÍA ELENA (poema)


¿Por dónde vas María Elena?
Te ven por los Andes pasar.
No me dejes solo en la arena.
Dime ¿cuándo vas a llegar?

Te voy buscando en mis días,
como un pez contra la corriente.
Son mis luchas tan frías,
desde que estás ausente.

Ya un Inca encantado,
dejó un suspiro escapar.
Al ver tu sonrisa en el viento,
derritiendo la nieve al pasar.

Dicen que juntos van por los cerros,
como agua fresca al bajar.
Los ven por ríos eternos,
y por anchas calles andar

Aquí te espero María Elena.
No tardes en regresar.
Toma mi mano de arena.
Para juntos progresar.

miércoles, 23 de abril de 2014

MADRE/LIBRO



Ella ya estaba sentada en la cama, cómodamente recostada sobre una almohada. Sábanas blancas y sosiego se imponían en una habitación conectada a la serenidad de su rostro fresco, altivo y alegre. En la cama, y sobre sus piernas, estaban sus libros esperándome como todas las noches. Ahora sé que eran novelas, pero en ese entonces para mí eran palomas, torres, carros o aviones; según el juego de ese momento feliz y eterno a su lado.

Así eran mis noches de niño. Ella salía a trabajar por las mañanas todos los días. Me cansé de llorar hasta acostumbrarme a esperarla, arropado en la imagen de su sonrisa y resintiendo sus caricias, hasta que las penumbras anunciaban su retorno.

No recuerdo noches en que mi madre no leyera. Ella tenía cajas de libros bajo la cama, las novelas policiales eran sus favoritas. Todas las semanas compraba libros y me llevaba con ella. Ese era otro espacio mágico, con destellos de colores recorriendo las caratulas que me hacían bambolear entre los estantes. La seguía sujetándome en mí mismo para no levitar con el aroma de los libros nuevos… hasta que ella escogía uno o dos libros, dejando los otros que yo había “elegido”.

"Ya es tarde, tienes que dormir" me decía, acariciando mis cabellos con una mano, mientras que con la otra sujetaba con destreza el libro abierto... Creo que a través de sus manos sentía lo que ella leía, porque su ceño fruncido, sus muecas y sonrisa, también me anunciaban algo más de su lectura, antes de quedar dormido en su regazo. 

Así leía con mi madre, así leo hasta ahora, totalmente conectado a ella, porque mis libros abiertos son las extensiones de sus manos laboriosas.

¡Gracias madre! ¡Gracias Libro!

Javier Bernaola
Hijo Predilecto de la Ciudad de Villa el Salvador
Premio Nacional “Miguel Grau” 2013


lunes, 1 de julio de 2013

POEMA: LIBRO LIBRE




Amigo de alas eternas, postura firme y, siempre erguido.
Su mirada extendida recorre los trescientos sesenta grados del firmamento, para divisar lo inexpugnable, derribando muros y temores.

Un impulso vital brota desde la montaña para lanzar su vuelo.
Alas extendidas que lo cubre todo, y en su batir, desprende las estrellas que lleva en su pecho,
iluminando el infinito.

Lo sigo entre tropiezos.
Abro la mochila para liberar mis vocales,
monto sobre ellas y voy tras ese alfabeto perdido,
para atrapar las palabras que fluyen por su aliento, forzando mis extremos.

Y, sin perderlo de vista, en la cima de la montaña lo invoco,
con un grito profundo, profundo, profundo que,
desde las vísceras de mis abuelos, 
llega a mi como un volcán en erupción.

Al salir el sol siento batir sus alas…
Ven, descansa sobre mis hombros, y luego llévame,
¡llévame contigo LIBRO LIBRE!…


¡MI AMIGO!

POEMA: VERDAD


Si decides buscar la verdad y volar alto,
hasta no divisar nada bajo tus pies;
y de repente caes, y te veo caer,
tus alas se rompen, y las veo romper.
Pero aún así, en el charco de tu sangre
decides volver a intentarlo.
Yo te diré... bien
¡No podré detenerte!
Pero si decides caminar
o más bien arrastrarte,
bajo la sombra infame de lo despreciable,
y bajo su hipócrita mirada crees vivir mejor;
yo igual te diré... bien
¡No podré detenerte!

POEMA: CORBATA AZUL


Nube negra que vas por el mundo,
reprochas el brillo de mi estrella azul.
Nube negra en tu pecho inmundo,
cobijas al buitre de CORBATA AZUL.

Con el aíre, se coló por mi ventana.
Y posó sus garras sobre la mañana.
Su huella de carroña va entre libros y platos,
él busca tesoros entre culpas y alegatos

Con la ley bajo el ala,
no dispara una bala.
Ráfagas de normas y decretos,
cautelan sus bienes y secretos.

¡BUITRE DE CORBATA AZUL!

¡Aléjate de esa cuna!
Deja a mi niño dormir ¿Cuál es su culpa?... ¡ninguna!
Saca tus garras de su tierno pecho,
no te lo lleves, es mi DERECHO.

¡BUITRE DE CORBATA AZUL!

En el pantano de tu democracia, veo a mi niño luchar.
Hoy, el regreso a su cuna ya se puede escuchar.
Sobre la penumbra, él sujeta mi estrella azul,
para ver caer al BUITRE, ahorcado, en su CORBATA AZUL





POEMA: PEREGRINO DE LA PAZ



¡Hola amigo, la asamblea ya comenzó!
Esperemos un poco...

La asamblea es como la vela,
encendida alumbra hasta que se acaba.
Mañana será otra vela, y otra asamblea.
Sentémonos en la arena, recuéstate en mi estera.
El mensaje pronto estará listo...

La asamblea terminó, ahora sí,
extiende tus brazos para cruzar el océano,
y no dejes de sonreír para ubicarte pronto.

... ¡Ya llegamos!

¡Tomen, este es nuestro mensaje de paz!
Para compartirlo con los vecinos,
en la asamblea del mundo.
Mañana regresamos con otro mensaje.
¡Vamos amigo, nos esperan cruzando la montaña!


(Homenaje a Villa el Salvador "Ciudad Mensajera de la Paz" declarado por la asamblea General de la ONU el 15/02/1982)


  

POEMA: ARENA FECUNDA



Todo estaba quieto, solo el polvo se movía.
Y desde aquel gran día en este arenal viviría.
Polvo de arena, olor de miseria.
De este olor, de esta arena, día a día compartiría.

Con lágrimas de valientes, con el sudor de sus frentes.
Hicieron fértil la arena, le dieron humedad latente.
Sudor y llanto consciente de vecinos consecuentes,
que viviendo pobremente, siempre dicen ¡PRESENTE!

Regado con sudor santo, regado de tanto llanto.
A cada día luchando, mi tamaño fue aumentando.
¡Soy de raíz muy fuerte, soy de raíz profunda!
Mi alma se hace fuerte  en esta ARENA FECUNDA

Hoy es VILLA de color más verde.
Un nuevo aroma ya nos envuelve.
Verde hermoso color de vida.
Juventud masiva seas bienvenida.

Porque es mía esta historia, engendrado en mi está la gloria,
de esa unidad ferviente de aquel buen dirigente.
¡Escuchen bien mi verso ardiente! Y mire bien Usted mi frente,
porque esta historia está latente ...!Soy de Villa, estoy presente!


POEMA: LA VELA


Junto a mi mesita de noche,
busco un Sol en la penumbra
¡Luz y calor ya te encuentro!
Ven por toda la noche.

Entre cuatro sombras, oscuras,
se ve una luz resplandecer.
Es mi vela encendida,
como luz del amanecer

Su luz atraviesa mi estera,
y van como rayos al cielo.
Son como dedos divinos,
que van señalando el camino,
para guiar a las estrellas

La vela ya se derrite,
sobre mi mesita de noche.
Sus lágrimas secas esperan,
un nuevo día en la arena.

POEMA: GOTAS DE ESPERANZA

¡Vamos vecino, la faena avanza,
con carretillas llenas de nuestra esperanza!

No importa el polvo pegado en tu frente.
No importa el sol que azota inclemente.
Espera el cemento, esperan las piedras.
Esperan los niños y las esteras

Regando tu frente el sudor avanza,
rodando gotas de fe y esperanza.
Hacemos colegios, hacemos veredas.
Hacemos un pueblo que ya no espera.

¡Vamos vecino, la faena avanza,
con carretillas llenas de nuestra esperanza!


POEMA: CHOZAS DEL PERDÓN


Allá va tras la colina,
es Jesús el hijo de Dios.
No es una Cruz lo que arrastra,
son esteras, palos y esperanza

Es tan profunda su huella,
que abre un camino en la arena
y tras la tierra prometida.
¡Todos alaban a Jesús!

No es su corona de espinas,
es un sombrero de caña.
Aunque el sol sigue inclemente,
su sonrisa ya no es extraña

Vamos por la arena caliente.
Nuestros pies descalzos ya no lo sienten.
No son tres cruces que esperan.
Son chozas del perdón en la arena.

Él,  nos abrió su corazón,
como el camino en la arena.
Ahora está con nosotros

en el aroma de estera.

POEMA: PALOMA DE CAÑA



Hacia tierras extrañas,
migra laboriosa.
Palomita briosa, mi esterita de caña

En tus garras colgué un sueño,
en tu pico una esperanza.
Paloma frágil alas de ensueño,
volamos tristes sin alabanza.

¡Perdidos buscamos refugio!
¡Perdidos buscamos abrigo!
Buscando calor, buscando un amigo,

llegamos juntos al nuevo nido.

sábado, 29 de junio de 2013

CUENTO "EL SILBATO"


EL SILBATO

I

La cultura de los Andes se forjó durante miles de años con la sabiduría  de diversos pueblos. Las riquezas se incrementaban y comenzaron a surgir malvados brujos. Algunos venían desde muy lejos ¡de otros mundos!  Eran tan viles y avarientos que no dudaron en traicionar a su propio Dios. Ante el estupor de los cerros, los extraños brujos destruían todo a su paso.

Sigilosos, entre los escombros se escondían los Sacerdotes Andinos. Preocupados por lo que sucedía, decidieron concentrar sus conocimientos para conservar la sabiduría que floreció en los Andes durante miles de años.  Dedicados a esa tarea, nuestros sacerdotes recorrían los Andes a lo largo y ancho, algunos convertidos en llamas o alpacas, otros en imponentes cóndores. Siguiendo los ríos descendían de los Andes, revestidos de secretos y sabiduría para ocultarlos entre las aguas del mar.

Enterados de lo que sucedía, los malvados brujos perseguían a los Sacerdotes Andinos quienes, antes de ser capturados, se lanzaban desde los cerros para caer en alguna laguna o riachuelo y ocultarse en los puquiales, porque los malvados brujos le temían al encanto de los puquios, más de uno había enloquecido en esas aguas que afloran desde el corazón de la tierra, por eso se resignaron a solo esperar, montando  guardia  por el extenso litoral.

Los Sacerdotes Andinos aprovechaban las nubes que salían del mar para comunicarse con los otros sacerdotes que aún recorrían los Andes; enseñando a la gente de diferentes regiones, el lugar al que debían concurrir progresivamente, de generación en generación, para recibir los secretos y sabiduría preservados en el mar, y así liberarse de los malvados brujos para construir un mundo más justo y próspero.

Los malvados brujos nunca lograron entender a la cultura Andina. Pero aun así, como presintiendo algo, mandaron a sus siervos para erigir un gran cerro de arena en forma de lomo de corvina, cerca al templo de Pachacamac, para evitar así, que miles de hombres y mujeres procedentes de los Andes llegasen al mar por el camino indicado. Pero esos brujos descuidaron la vigilancia porque comenzaron a pelear entre sí, con la misma maldad y avaricia, disputándose nuestras riquezas... Y luego de varias generaciones, miles de hombres y mujeres llegaron un día, a las faldas del cerro “Lomo de Corvina”, donde hoy florece el pueblo de Villa el Salvador con hombres y mujeres que sin olvidar esta historia, reciben mensajes desde el mar, impregnados en la neblina que invade sus calles día a día... Y a través  de  un SILBATO divino, esos mensajes  penetrarían en las familias de Villa El Salvador.






II

El rumor del mar invade las calles de Villa El Salvador. La espesa neblina es como un extraño aliento que va forzando puertas, ventanas y  rendijas de esteras. 

En un autobús lleno de gente está Emilia. Cansada y confundida, la joven recuerda la historia de los Sacerdotes Andinos y la recrea en su mente, una y otra vez, para no sentir el largo y pesado viaje de regreso a casa. Su padre se la enseñó cuando estaba pequeña.

Tras largo viaje el microbús se detiene. Una vez más, de su interior descienden algunas personas que, agazapándose en sí mismas intentan soportar el penetrante frío de invierno. Aún cargado de pasajeros el microbús continúa su recorrido. En una esquina del paradero, como todas las noches, un destacamento de vendedoras esperan con carretas alineadas en la vereda, librando una batalla más para sobrevivir… ¡cafecito caliente! ¡papita rellena! ¡pescadito frito! ¡cigarrillos y caramelos! son ofrecidos como plegarias al cielo. En tanto las moscas son espantadas con un ramillete de ruda para la buena suerte. Algunos pasajeros se quedan a consumir algo, otros siguen su camino llevándose consigo el delicioso aroma y la angustiada mirada de alguna vendedora. Con los brazos cruzados Emilia acelera la marcha, acompañan su recorrido algunos postes de alumbrado público, que compartiendo su cansancio alumbran lánguidamente.

— Si todo sigue así, no me podré matricular en la academia, para postular a la universidad —murmura Emilia, al recoger unas piedras para protegerse de los perros.

La joven avanza, con el rostro casi congelado, recuerda que su padre le había enseñado algunos secretos para confeccionar ropa, hasta que una terrible enfermedad lo arrancó de su familia. Desde entonces su madre lava ropa para ganar algo de dinero, y ella luego de ir a la escuela, trabaja en un taller de costura. Ambas luchan diariamente para mantener el hogar. 

En una esquina de su barrio, sale a su encuentro Gitano, su viejo y fiel perro guardián. Dando saltos y moviendo la cola, Gitano recibe el pedazo de pan que le ofrece Emilia, y juntos se dirigen a su hogar... con ligera garúa el frío arrecia aún más. 

Emilia empuja la puerta de su casa, tras ingresar cierra con cuidado para no despertar a la familia. En la calle, Gitano acosa con ferocidad a una persona, esta se detiene y lo enfrenta enérgicamente.

— ¡Otra vez! ¿Qué pasa Gitano?

El viejo perro reconoce al vecino y se calma al instante, agacha la cabeza, acepta el reproche y se retira lentamente, buscando el tibio hueco donde reposaba.

La joven al ingresar a su casa todo está oscuro, se desliza con cuidado y prende el foco de luz. En la mesa de la sala divisa su cena. En la siguiente habitación están durmiendo sus hermanos, pero su madre despierta.

— Emilia ¿por qué llegas tan tarde? Ya estaba preocupada.

— ¡No te preocupes mamá! Por suerte conseguí un trabajito más, en otro taller de costura. Así juntaremos dinero para cambiar algunas calaminas, que ya están viejas y con huecos.

En una esquina de la sala Emilia cuelga su bolsa de herramientas, para sentarse a cenar. Al descubrir el plato se encuentra con la especialidad del comedor popular... parece que el frío ha encogido aún más la comida, pero más fría está ella, hambrienta también.

—Ya no hay mucho trabajo. Tendrán que despedir a una cuantas, puedo quedarme sin empleo, por eso conseguí otro trabajo.

— ¡No te preocupes! me ayudas a lavar ropa, hasta que encuentres  otro trabajo —responde la madre.

Emilia cubre los platos vacíos y se alista para dormir. Como todos los viernes, renueva su fe ante la imagen de la virgen María. Luego de rezar prende una vela que ilumina la imagen durante unas horas, prolongando sus oraciones. Ya en la cama, totalmente cansada se dispone a dormir.

El cansancio de Emilia, y el frío, culminan su diaria tarea… pero un reflejo de la vela encendida descubre el SILBATO de su padre. Amordazado en una esquina de la habitación, casi ni se distingue, prisionero del polvo y las arañas.

Desde la vela encendida el rayo de luz es persistente e intenso, como la prolongación de un dedo divino que le señala y le insiste, perturbándola con delicadeza. Emilia contempla el Silbato. Invadiéndole la nostalgia recuerda las asambleas cuando su padre hablaba a los vecinos. Las grandes marchas por agua, luz, colegios. Las faenas comunales,  y tantas cosas buenas. Como un llamado de campana para iniciar la misa, así sonaba el Silbato para las asambleas... Con la mirada fija en el Silbato de su padre, Emilia medita aún más.

III

La vela se acabó y la noche consumió el rayo de luz, solo así Emilia pudo ir concibiendo el sueño, poco a poco, sin dejar de recordar a su padre.

La noche es más oscura con el frío. Una ligera inquietud invade a Emilia. Siente que su casa se estremece y cruje. La inquietud se acrecienta al observar que la neblina penetra por los huecos de las calaminas y esteras, hasta formar un cuerpo extraño y luminoso, que se le acerca. Más al fondo el Silbato se descuelga y crece... Emilia está sorprendida y asustada.

La joven cierra los ojos con todas sus fuerzas, pero al instante comienza a sentir que sus pestañas son forcejeadas con delicadeza, dando paso a la neblina que logra abrir sus ojos incrédulos… Ahora las calaminas y palos están radiantes, sus ojos se irritan ante tanto resplandor. El Silbato silba acercándose ella, con un sonido es muy extraño que hace reír a Emilia, a carcajadas. El Silbato cambia de sonido y hace que la joven extiende los brazos como queriendo abrazar a alguien. Pero otro sonido la enfada y aprieta los puños.

La neblina sigue forzándole los ojos, queriéndose introducir en la joven. Agitada cambia de posición constantemente. Los sonidos son más intensos, ya no puede soportar. Su voluntad se quebranta. Pero algo la hace reincorporar lentamente. Uno de los sonidos le parece conocido… «Claro ¡Son los ladridos de Gitano! pero escucho otro sonido, más nítido... me parece conocido» piensa Emilia,  y se esfuerza en recordar; ese sonido se acentúa, y los otros se disipan. El Silbato ya no está y la neblina deja de forcejearle los ojos. El sonido  conocido se hace más fuerte y nítido, sigue y sigue sonando, cada vez más fuerte, ¡tan fuerte! que logra despertar a Emilia, quien se incorpora sobresaltada.

Soñolienta y con frío Emilia deja su cama, y el reloj despertador sigue timbrando, anunciando que son las cinco de la mañana; el inicio de una nueva jornada… Gitano sigue ladrando en la calle.

Aún está oscuro, y Emilia se alista para ir a trabajar. Se esfuerza en recordar pero las imágenes de la pesadilla se van borrando de su mente. La joven contempla el Silbato de su padre. Apresurada lo descuelga y revisa, una y otra vez, lo limpia con ternura. Luego lo deja en el mismo lugar. Antes de salir besa la imagen de la virgen María y enciende otra vela. En la calle ya la espera Gitano que no deja de ladrar. Emilia siente un extraño escalofrío.

—   ¿Qué pasa Gitano? le increpa a su fiel amigo.

El perro se sacude, está listo para acompañar a Emilia como todos los días. La neblina aún cubre las calles. Gitano avanza dando saltos ladrando a todos lados.

— ¿Y si no fue una pesadilla? —la joven se inquieta aún más pero no puede distraerse, tiene que estar concentrada para ir a la escuela y luego trabajar.

Poste tras poste avanzan los compañeros, apurando el paso llegan al paradero. La vereda está despejada pero sucia. Emilia espera entumida por el frío. Tras unos minutos llega el microbús, que luego de ser abordado por la joven emprende su fría marcha, hacia un lugar que Gitano se esfuerza en imaginar, al contemplar como desaparece el microbús entre la neblina.

Más gente sigue llegando. Hombres y mujeres esperan. El próximo microbús no tardará en llegar... Resignado, Gitano busca en la vereda algo que comer y regresa a su casa. 

Aún está oscuro. En el hogar de Emilia, la vela ha revivido el rayo de luz que radiante exhibe al desempolvado Silbato, y en la penumbra la abnegada madre y sus hijos lo contemplan. Pero observan también, cómo la neblina ingresa entre las rendijas de las calaminas y esteras.


En la calle, Gitano no deja de ladrar. Pero ahora, salta y corre entre las chozas de esteras.



VES, 2000

CUENTO "POR LAS VENTANAS DE TUS OJOS"




La claridad del sol se acentúa, y un nuevo día se está asomando. Con el fondo musical del mar, un coro alegre de pajaritos acompañan al imponente canto del gallo, quien con el pecho erguido y aletear vigoroso, entona el himno del amanecer.

En el hogar de Emilia y Ricardito, se inicia la diaria rutina: Los padres salen a trabajar y los niños se quedan solos y se alistan para ir a la escuela… Luego de desayunar, Emilia recoge los platos y tazas, el niño limpia la mesa; ambos  barren y lavan rápidamente para dejar limpia su casita. Mientras cumplen con sus labores, escuchan y tararean la canción de moda. En la radio, el locutor interrumpe brevemente la alegre canción para recordarles la hora exacta. Con la misma rapidez y alegría Emilia ayuda a su hermanito y pronto, ya están listos para ir a la escuela.

En las faldas del cerro y por las polvorientas calles. Emilia y Ricardo se dirigen a la escuela. Durante el camino, como todos los días, recuerdan al abuelo quien con hermosos relatos los llenó de inquietud y fantasía.

Todas las tardes, mientras otros niños jugaban por las calles, Emilia y Ricardo, escuchaban al abuelo… Sentado frente a la ventana, con la mirada larga y perdida en el mar, el abuelo narraba sus aventuras en los pantanos; hablaba de sus lagunas y peces; de las plantas y aves que allí viven. Su emoción era mayor cuando recorría el cielo con la mirada y señalaba el camino de las aves que llegan desde otros mundos y luego se iban para volver el siguiente año. Las describía como si estuvieran paradas sobre la mesa, con voz pausada y estremecida, dibujándolas con las manos. El abuelo, cuando contemplaba el mar nunca bajaba la mirada, no quería ver el estado actual de los pantanos; empequeñecidos, como recogidos en sí mismos, buscando refugio cerca del mar. Así se fue el abuelo, guardando en su mente la imagen intacta de los pantanos donde vivió...

¡Llegaron las vacaciones! Por las tardes, luego de cumplir con los quehaceres del hogar, Emilia y  Ricardo no sabían que hacer. Ya no estaba el abuelo, sólo el recuerdo de sus historias les hacía compañía. La nostalgia se fue apoderando de los hermanitos. Y La angustia era  creciente ante las diarias y severas recomendaciones de los padres: ¡No vayan a los pantanos, es muy peligroso!

Los días fueron pasando y el aspecto de los niños fue mostrando su profunda tristeza. Los padres, preocupados, sentían la falta de risas y juegos por las noches.

Todos los días luego de cenar, los niños corren hacía la ventana del abuelo. Ricardito, empinado había encontrado la forma de colgarse con ligera comodidad, y junto a Emilia, observan el azul del mar; como buscando en la lejanía la mirada perdida del abuelo. Interrumpiendo la búsqueda, un tierno abrazo trajo sus mentes de vuelta a casa.

— ¡Mañana es tu cumpleaños! ¿Qué quieres que te regalemos? —con voz cariñosa, pregunta la madre.

Ricardito no responde. Mirando el suelo cruza los pies y apoya sus bracitos sobre la ventana. Emilia abraza a su hermano

—Podemos comprarte un carrito a control remoto –insiste el padre– o quieres unos hermosos patines ¿Qué deseas? ¡Dímelo y te lo compraremos!

Las callosas manos se deslizan por las mejillas del niño; sintiendo unas tibias lágrimas que incontenibles desbordan los pequeños ojos de Ricardito. Los padres confundidos vuelven a preguntar. Emilia abraza a su hermano y secándole los ojos le pregunta, susurrándole: —¿Qué quieres, quieres ir a…?— ambos niños sonríen y juntos responden...

— ¡Queremos ir a los pantanos!

Sin dar explicación los padres salen de la casa. El papá recuerda que, cuando era niño, también fue influenciado por las historias del abuelo. Durante la espera, mil historias colman la imaginación de los niños… Luego de unas horas, regresan los padres, cargando paquetes con juguetes, ropa y golosinas. Eso llamó ligeramente la atención de los niños…. Terminando de ver los regalos, los padres alzan a sus hijos y les dicen…

— ¡Mañana vamos a los Pantanos!

¡Los hermanitos vieron revivir al abuelo! la alegría es incontrolable. Durante esa noche, los niños narraron a sus padres las aventuras del abuelo en los pantanos. Así, el entusiasmo y el sueño se fue apoderando de los cuatro que abrazados van cruzando la noche

Al llegar el día, ya todo está listo, no había tiempo ni para prender la radio. Cargaron lo necesario, cerraron bien las ventanas y puertas, enrumbando felices por las polvorientas calles. Durante el camino, Emilia y Ricardo volteaban repetidas veces observando su humilde casita, que entre la polvareda les muestra una ventana abierta (?)… sorprendidos, se detienen para mirar bien porque estaban seguros de haber cerrado las ventanas antes de salir… Pero sí, es la ventana del abuelo que muestra la cortina azul agitada por el viento.

Luego de visitar los pantanos, la casita fue invadida por la alegría de los niños. Durante la cena de cumpleaños, las historias del abuelo fueron celebradas con las alegres anécdotas de los niños en los pantanos. Vieron y sintieron tanto en tan poco tiempo que, en sus mentes, las recientes imágenes pugnaban por convertirse en palabras.

Así transcurría la noche. En la ventana del abuelo, aún abierta, la cortina azul seguía jugando con el viento. Y la dulce voz de los niños fue acompañada por un calmado y extraño rumor del mar; como si alguien desde muy lejos, se esforzase en saludar a Ricardito por su cumpleaños.


VES, 1998